La moda durante el período medieval refleja una sociedad intrínsecamente jerárquica y estructurada. Desde los caballeros hasta la realeza, el atuendo era una expresión clara de la posición social y del rol dentro de la sociedad.
Los caballeros, figuras icónicas del Medioevo, vestían armaduras imponentes que no solo servían de protección en batalla sino también como símbolo de estatus y honor. Estas armaduras eran meticulosamente elaboradas, a menudo personalizadas con escudos de armas que denotaban la línea familiar y las alianzas. Bajo la armadura, solían llevar prendas de lino o lana que absorbían el sudor y proporcionaban cierta comodidad. En eventos importantes, los caballeros también portaban túnicas largas y capas adornadas que destacaban su prestigio.
Por otro lado, la realeza y la nobleza ostentaban ropas elegantes y suntuosas. Las telas más finas, como el terciopelo, la seda y los brocados, estaban reservadas para ellos. Los colores vivos y los patrones complejos simbolizaban riqueza y poder. Las vestimentas de las mujeres nobles eran particularmente elaboradas, con vestidos largos, corsés ajustados y mangas amplias. Los accesorios, como diademas y joyas, complementaban su apariencia y enfatizaban su elevada posición social.
Las clases más bajas también seguían las modas de la época, aunque con materiales menos costosos. La lana era el material predominante y las prendas solían ser de colores más apagados, como marrón, gris y verde oscuro. Estas vestimentas eran prácticas y funcionales, adaptadas para trabajar largas jornadas en los campos o talleres.
La moda medieval era más que simple ornamentación; era una manifestación del orden social de la época. Las diferencias en estilo, material y color entre las distintas clases ilustraban las distinciones y jerarquías que definían la sociedad medieval.